15 marzo, 2006

I-PREFACIO

EL HIPNOTISMO DE HOY

Galina Solovey y Anatol Milechnin
(1965)

“...Relegar al hipnotismo al gabinete del médico es, por los tanto, desconocer su verdadera significación.”
W. Wundt

“No solamente todo médico práctico y todo médico científico, sino también todo abogado, sacerdote y en general toda persona que tiene ansias de aplicar su conocimiento de la humanidad al beneficio del público debe tener un gran interés por el hipnotismo.”
W. Preyer

PREFACIO

La Sociedad de Hipnosis Clínica y Experimental de los Estados Unidos de Norteamérica hizo un análisis de todas las publicaciones referentes al hipnotismo de los años 1950 y 1951 y llegó a la conclusión que de 150 artículos y libros sobre este tema, solamente 35 merecían ser resumidos, mientras los restantes no tenían nada que ver con el hipnotismo contemporáneo , no haciendo más que repetir las ideas erróneas, las fantasías y los prejuicios del siglo pasado.

Las bibliotecas del mundo continúan llenas de libros de esta índole, y son muchas las personas que han obtenido sus conocimientos y formado sus opiniones con el material recogido de estas fuentes anticuadas.

Aún en el día de hoy pueden encontrarse en diversas revistas, médicas como populares, artículos escritos acerca del hipnotismo por individuos que jamás vieron personas hipnotizadas, salvo en el teatro, y que solamente se basan en la vieja literatura y los relatos populares.

Esta situación es comprensible, porque la interpretación del hipnotismo que existía en el siglo pasado ha persistido casi sin modificación hasta los últimos diez años, y sólo muy recientemente, las investigaciones y la comprensión del hipnotismo han avanzado con gran rapidez. La comprensión que existía hasta hace poco difiere tanto del hipnotismo contemporáneo, como la penicilina de la aplicación de cataplasmas en el siglo pasado.

El objeto de este libro es el de exponer los conceptos más nuevos acerca del hipnotismo, existentes en el mundo científico, en cuanto a su naturaleza, sus fenómenos, su inducción y su utilización terapéutica, depurados de toda leyenda, de todo misterio y de todo prejuicio.
Los Autores.


1. Desde la Antigüedad hasta Mesmer

Si se comprende el estado hipnótico como el conjunto de manifestaciones psicofisiológicas que sobrevienen en cualquier estado emocional de intensidad aumentada, y se define la inducción hipnótica como cualquier procedimiento que pueda desencadenar e intensificar una reacción emocional en el individuo, resulta obvio que el ser humano ha experimentado e inducido el estado hipnótico desde el momento de su aparición sobre la tierra.

No ha de extrañar que el aspecto más común y corriente del estado hipnótico (aquel que describiremos como “el hipnotismo de la vida diaria”) haya pasado sin ser reconocido hasta tiempos muy recientes. Por lo general, suele haber poca inclinación a analizar lo que es completamente “normal” y cotidiano; y estos estados hipnóticos relativamente poco profundos no son más que una parte integrante de nuestra vida psicológica de todos los días.

En cambio, desde los tiempos más remotos, se prestó considerable atención a algunas de las manifestaciones más espectaculares del estado emocional hipnótico de intensidad mayor que la habitual, sobre todo cuando la intensificación emocional era lograda por procedimientos muy especiales y relativamente dramáticos, los cuales han diferido de acuerdo a las épocas, los pueblos, las tribus, etc.

Cabe suponer que el hombre primitivo no tardó en percibir que, en el cumplimiento de ciertos rituales de canto, baile, música, pases misteriosos y palabras supuestamente mágicas, él o sus semejantes podrían presentar de modo individual o colectivo, ciertas formas realmente notables de comportamiento. Llegaban, por ejemplo, a insensibilizarse al dolor, a adquirir una marcada resistencia al cansancio hasta el grado de alcanzar una catalepsia, a ver (alucinar) “visiones”, a entrar en un estado algo similar al sueño, y a lograr la curación de ciertos trastornos, no solamente funcionales sino también orgánicos.

Estas observaciones impresionaron tan profundamente a la mente primitiva que, desde los albores de la historia, se supuso que las personas que tenían facilidad para entrar en el estado que hoy denominamos auto-hipnótico estaban dotadas de un poder de comunicarse con los dioses, y que aquellas que podían estimular (inducir) este estado en otros tenían poderes mágicos sobre sus congéneres. Tales personas quedaron rodeadas de un aura de ritos y supersticiones de donde surgieron, con toda probabilidad, los primeros sacerdotes y los primeros curanderos.

En lo esencial, las explicaciones de estros fenómenos de comportamiento han variado relativamente poco hasta los dos últimos siglos. La tendencia general ha consistido en vincularlos con el misticismo y la magia. Aun en el día de hoy tal tendencia no ha sido totalmente superada.

Hay interesantes documentos de antiguas civilizaciones referentes a hechos que pueden ser relacionados tanto con la inducción hipnótica como con la obtención de diversos fenómenos de comportamiento, propios de estados hipnóticos lo suficientemente intensos.

En la China del siglo 18 A.C. , según datos de Paton, (1) la entrada colectiva en estado hipnótico solía tener lugar en las ceremonias de culto a los antepasados. Para lograr la debida exaltación emocional en sus participantes, estas ceremonias comenzaban con música de campanas, tambores, instrumentos de cuerda, y flautas, pasándose luego a un baile rápidamente giratorio que conducía a un frenesí de convulsiones, saltos, y corridas desenfrenadas, hasta que alguien, capaz de tener alucinaciones visuales o auditivas, llegaba a “comunicarse” con el espíritu de los desaparecidos.

En el antiguo Egipto había templos en los cuales se procuraba lograr un estado hipnótico manifestado por un sueño aparente. Se ha encontrado un papiro de 3000 años de antigüedad que describe un procedimiento empleado en ese entonces que no difiere mayormente de los procedimientos que se emplean en la actualidad. A la vez, un bajo relieve hallado en una tumba de Tebas muestra a un sacerdote egipcio “hipnotizando” a un paciente.

Esta inducciones hipnóticas en los “templos de sueño” intensificaban principalmente las reacciones emocionales de tranquilidad, serenidad, seguridad, sosiego, etc., que hoy llamamos estados emocionales “positivos” o “estabilizadores”.

Pero, por otro lado, estaban las prácticas de los fanáticos derviches de Egipto, que lograban la intensificación de emociones de excitación (reacciones emocionales “negativas” o “alteradoras”) mediante violentos bailes ritualísticos que daban lugar a un “extasis” caracterizado, según informa Lane (2) por los fenómenos hipnóticos de catalepsia e insensibilidad al dolor.

Algunos de los mantras de la India, en sánscrito, mencionan los procedimientos que empleaban los faquires y santones para desarrollar estados auto-hipnóticos, en la creencia que éste era un medio de adquisición de poderes curativos.

Glasner (3) hizo recientemente un estudio cuidadoso de las numerosas alusiones al hipnotismo que se encuentran en la Biblia y en el Talmud. Cita, entre otros ejemplos, las danzas rituales de los sacerdotes de Baal, con netos efectos auto-hipnóticos, las inducciones hipnóticas individuales o colectivas logradas por los profetas, las “visiones” con características de alucinaciones hipnóticas, etc., etc.

Posteriormente, los griegos adoptaron los “templos del sueño” de los egipcios, efectuando en ellos el culto a Asclepio, dios de la medicina. En las ruinas de Asclepión de Epidauro en Grecia Central, como en otros famosos templos de Cos, Trica, Pérgamo, Lebena, Corinto y Atenas se han encontrado muy instructivas tabletas con inscripciones y bajo relieves dejados por pacientes hace dos mil años.

Según las informaciones recogidas (4 y 5), el procedimiento seguido en esos templos para inducir el “sueño” hipnótico y aprovecharlo con fines terapéuticos, tenía sutilezas y complejidades muy afines a las que constituyen el arsenal de los psicoterapeutas modernos.

El paciente ya solía desarrollar una reacción emocional de cierta intensidad en las etapas “preparativas” de “sueño curativo”, las cuales consistían en una larga peregrinación a través de espinosos caminos, seguidas por oraciones colectivas en un ambiente de gran solemnidad y en un baño purificador con aceites aromáticos en la víspera. El momento culminante sobrevenía cuando el paciente, después de haber bebido un vaso de vino (posiblemente medicado) entraba en un “extraño estado intermedio entre el sueño y la vigilia”, (4) en el cual se le aparecía una apacible figura vestida de blanco que le hablaba con voz suave, limitándose, frecuentemente, a frases de poco sentido, enumerando las cualidades del dios.

Las inscripciones encontradas revelan que en los templos de Asclepio se hicieron curaciones de parálisis, epilepsia, ceguera, hidropesía, heridas, cefaleas, esterilidad, dispepsias, reumatismos, y muchas otras enfermedades. Seguramente, muchos enfermos veían en Asclepio su último recurso y, según palabras de Bender, (4) respondían a “las influencias espirituales y psicosomáticas encontradas en los asclepiones”.

Por otro lado, los Druidas o casta sacerdotal de los Celtas de la antigua Bretaña recurrían corrientemente a la inducción hipnótica mediante rimas y encantaciones. Llevando al sujeto a un “sueño mágico”, le hacían ver visiones supuestamente proféticas, dominar sus pasiones, rectificar sus engaños, o entrar en un estado de muerte aparente, (6) correspondiente a lo que hoy llamamos estado hipnótico estuporoso.

Muchas de estas variadas prácticas que hacían uso del hipnotismo en la antigüedad han persistido hasta la fecha en ciertas tribus o unidades sociales que pueden ser calificadas de “primitivas”. El interesante material recogido por Bender, (4) Acherknecht, (7) Rivers (8) y Williams, (9) revela que estas tribus todavía no hacen distinción entre medicina, magia y religión. En ellas se comprende la enfermedad como un hecho sobrenatural y se la trata por medio de ceremonias mágico-religiosas en las cuales pueden encontrarse elementos fisio y psicoterapéuticos bien definidos. Es bien comprensible que estas ceremonias produzcan una exaltación emocional, a la cual el hombre primitivo parece ser excepcionalmente susceptible, confiriendo así a los pacientes un intenso matiz emocional de seguridad y optimismo, que favorece sus defensas frente a enfermedades no solamente funcionales sino también orgánicas.

En el Círculo Ártico, la exaltación emocional (estado emocional hipnótico) es lograda en un ambiente de oscuridad mediante el toque continuo de tambores, el canto y los bailes. Se eligen como shamanes (sacerdotes) precisamente a aquellas personas que han demostrado tener facilidad para lograr ciertos fenómenos hipnóticos. El requisito principal es que puedan lograr uja catalepsia que les permita permanecer rígidos e inmóviles durante largo tiempo, en un estado catalogado como “éxtasis”.

El shaman suele estimular la entrada colectiva en estado hipnótico de quienes le rodea, procurando a veces que experimente alucinaciones (“visiones”) o que asuman algún determinado papel. Este último hecho caracteriza la práctica popular de las “posesiones”..

En varias partes de África se recurre a la adoración del fuego, a los cantos, a los bailes.

En Bali se ha cultivado un arte muy especial para la inducción hipnótica que ha sido descrito y fotografiado por numerosos observadores.
Es igualmente importante el papel del hipnotismo en las peculiares experiencias de los yoghis en la India. Behanon (10) ha hecho un estudio sobre estas experiencias, comparando la terminología Oriental y Occidental para la descripción de hechos similares.

Un éxtasis cataléptico muy similar al de los yogis- que permite permanecer e una actitud extraordinaria por largo tiempo- es también logrado por los monjes cristianos del monte Athos.

Son particularmente interesantes las pintorescas ceremonias mágico-religiosas-terapéuticas de los indios navajos del sudoeste de los Estados Unidos (11,12,13,14) acerca de las cuales hay una abundante literatura. En ellas se conservan también todos los elementos de danzas sagradas, magia, oraciones, himnos y racionalizaciones, que constituyen los ingredientes de la medicina primitiva, destinada principalmente a inducir un estado emocional intensificado (hipnótico) propicio para la curación.

Dice acertadamente Bender (4) que, si bien la medicina primitiva parece extraña, aun absurda, para el observador moderno, ella no solamente es significativa y lógica dentro del ambiente de una sociedad primitiva, sino a la vez resulta lo suficientemente eficaz como para resistir el embate de la ciencia moderna.

Hoy en día, Carrel (15) ha hecho meditar al hombre moderno, destacando como ciertas actividades de profunda significación emocional, entre ellas el estado de oración, “pueden causar modificaciones anatómicas así como funcionales en los tejidos y órganos”.

Es digno de destacarse que, aunque en el día de hoy, y dentro de las grandes ciudades progresistas del Brasil, han fracasado los esfuerzos por desarraigar las ceremonias de neto corte primitivo que constituyen las “macumbas”. Estas se valen no solamente del canto, del tabaco, y de un batir especial de tambores (en un ambiente de multitud que favorece mucho la intensificación emocional), sino también de los mismos toques de cuello, torax, y otras regiones del cuerpo que se utilizan para la inducción hipnótica con fines terapéuticos y experimentales en el moderno procedimiento de la “Letargia”, promovido por el Hermano Vitricio y la Asociación Brasileña de Estudios Letárgicos.

¿Cuándo apareció la primera tendencia al análisis crítico del estado hipnótico y de sus fenómenos, precursora del estudio científico de los mismos?

Ya en la Edad Media, mientras todavía imperaba el dogmatismo y estaba muy restringido el derecho de dar a los hechos otra interpretación que no fuese la oficialmente aceptada por la Iglesia, algunos espíritus intuitivos y atrevidos tuvieron el valor de afirmar que los llamados “milagros” de ese peculiar estado que hoy llamamos estado hipnótico, eran debido al poder de la imaginación y de la fe.

Repitiendo un concepto ya expuesto por los antiguos griegos, el gran Avicena ya había sostenido en el siglo X que la imaginación es capaz de enfermar o curar.

Más tarde, el célebre filósofo italiano, Pomponatio de Mantua, que vivió entre 1462 y 1525, escribió las siguientes notables palabras: “No es increíble que la salud pueda ser producida al exterior por el alma que la imagina, así como ella lo desea...Hay hombres que tienen propiedades salutarias poderosas. Estas propiedades se exhalan por la fuerza de la imaginación y del deseo, y producen efectos notables sobre los cuerpos que las reciben”.

El obispo de Angers, al exorcizar en 1599 a la paciente Marta Boissier, a quien se suponía poseída del demonio, pidió que le alcanzasen el libro de exorcismos, pero en vez de leer el correspondiente conjuro, recitó versos de la Eneida, logrando el mismo efecto de excitación emocional y convulsiones que se solía obtener con la ceremonia del exorcismo (16).

Otra corriente ideológica de la misma época sostenía que los supuestos milagros eran producidos por fuerzas naturales de índole física. Así Paracelso (1493-1541) admitía la existencia de un fluido desconocido, mediante el cual el hombre podría ejercer influencia tato sobre sus semejantes como sobre objetos inanimados, afirmando a la vez que la imaginación puede ejercer efectos saludables o mórbidos, determinando así curaciones o enfermedades.

En su “Philosophia Sagax” hizo la notable declaración de que toda ceremonia , conjuro, palabra o signo será de poco valor si el que opera no aporta la tensión psíquica requerida. Destaca que el verdadero poder mágico reside en la fe- que no es una mera opinión o adhesión espiritual-sino una fuerza que estimula el espíritu y cura enfermedades.

La teoría, insinuada por Paracelso, de que el imán puede ejercer acción sobre las enfermedades fue desarrollada por el afamado médico y químico belga, Van Helmont, (1577-1644) quien dio el nombre de “magnetismo” a la “acción física de las ideas sobre los seres vivientes, por intermedio del principio vital”,

Pero pese a tales ideas, expuestas por personalidades aisladas, prevalecía netamente el ambiente de magia y milagrerío.

El público seguía creyendo firmemente en el poder curativo de índole sobrenatural que emanaba del “toque” o de la “imposición de manos” de reyes y de barones. Consta en la historia que a veces eran los propios reyes quienes menos creían en su supuesto poder. Así, en los comienzos del siglo XVIII, Guillermo de Inglaterra solía decir a los pacientes que tocaba: “Dios te dé mejor salud y más sentido común”.

El mismo procedimiento de toques fue explotado por numerosos taumaturgos, entre los cuales adquirió especial renombre Valentino Greatrakes en el siglo XVII.

Un siglo más tarde se hizo extremadamente célebre el sacerdote exorcista Josef Gassner, quien realizaba curaciones apareciendo ante sus enfermos ataviado con un impresionante ropaje negro, hablando en latín, blandiendo un crucifijo y ordenando a los demonios que saliesen. En el estado emocional así logrado, muchos de sus pacientes caían e un desmayo o en convulsiones, alcanzando aun el aspecto alarmante de una muerte aparente(que hoy describiríamos como el estado estuporoso que resulta de una intensificación emocional extrema, correspondiente a la profundidad máxima del estado hipnótico).

La actuación del Padre Gassner fue observada con sumo interés en el año 1770 por Franz Mesmer, quien no se dejó seducir por la interpretación demoníaca de los fenómenos de comportamiento y de las curaciones logradas, sino prefirió pensar en una fuerza curativa de índole física que no tendría por qué ser sobrenatural. El desarrollo de esta línea de pensamiento hizo que Mesmer marcase una nueva época en la historia del hipnotismo.

2. Desde Mesmer hasta Braid

Se ha escrito mucho acerca de Mesmer, y se ha criticado con mucha severidad a este pintoresco personaje, olvidando muchas veces que él vivió en una época muy especial de la historia: una época en que sobrevino un violento movimiento de péndulo desde el extremo en que se aceptaba toda clase de superstición y milagrerío, hasta el extremo opuesto, de positivismo no menos ingenuo, que negaba admitir, todo aquello que no podía ser tomado entre los dedos, medido, o matemáticamente demostrado.

Franz Antón Mesmer nació el 23 de mayo de 1733 en Suabia. Desde su juventud, mostró gran capacidad para el estudio, y su familia le proporcionó las mejores oportunidades para su instrucción. Empezó estudiando e un monasterio jesuita, luego cursó leyes, obtuvo un doctorado en filosofía, y por último, ingresó en la Facultad de Medicina de Viena, en la cual se graduó en 1766.

En esos tiempos, antes de haber presenciado la demostración de hipnotismo que determinó el curso de su vida, Mesmer estaba particularmente interesado en una hipótesis, ya expuesta e el siglo XV por Paracelso, como también por Hell, Kirchner y otros, que admitía la existencia de una fuerza universal, de naturaleza desconocida, que llenaba el Universo e influía a la vez sobre los planetas y los seres vivientes. Sus razonamientos sobre este tema están documentados e su tesis doctoral “De planetarum influx”, escrita en 1765.

Después de haber observado los fenómenos hipnóticos provocados por el Padre Gassner, le fue relativamente fácil incorporarlos a su hipótesis físico-astrológica que ya tenía elaborada, y de aquí provino su famosa doctrina magnética, cuyas bases son la siguientes:

El cuerpo humano- según Mesmer- estaría formado por la misma sustancia que constituye el Universo y estaría atravesado por el mismo fluido sutil que llena los espacios celestiales Tal fluido habría de pasar por vía del sistema nervioso, en armonía con su movimiento a través del Universo. El mantenimiento de esta corriente armónica daría salud, y toda perturbación de la misma ocasionaría enfermedad. Por consiguiente, todas las enfermedades tendrían un mecanismo común, y se necesitaría siempre la misma terapéutica para restablecer la armonía perdida.

Estas ideas, que constan en los Aforismos de Mesmer (17) publicados en 1785, eran muy aceptables en aquella época. Una teoría fluidística resultaba satisfactoria tanto para los filósofos que buscaban el “imponderable primordial”, o “la sustancia universal que constituye la esencia misma de Dios”, etc. etc., como para los científicos que se interesaban por los estudios de Franklin sobre el fluido eléctrico.

Para aplicar la teoría mesmeriana a la práctica, se requería un medio para concentrar y dirigir este supuesto fluido. Un jesuita célebre, el Padre Hell, aconsejó a Mesmer que utilizara un imán para este fin, el cual, de acuerdo con las ideas de Van Helmont y Maxwell, representaría la fuerza de gravitación que mantiene el equilibrio del Universo.

Mesmer acogió la idea, pero pronto descubrió que el imán no le era necesario, pues bastaba la sola influencia de su persona para obtener los efectos curativos deseados. Para explicar este sorprendente hecho, supuso que existirían algunos seres especiales que tendrían la particularidad de ser “magnetizadores”, resultando capaces de influir sobre el flujo magnético de otros individuos.

Haciendo una serie de pases a lo largo del cuerpo de su paciente, a la vez que estimulaba su confianza e el procedimiento, Mesmer lograba que sus enfermos riesen, llorasen, durmiesen o entrasen en catalepsias o convulsiones. A Mesmer le interesaba muy especialmente desencadenar una “crisis” convulsiva, pues dice en sus Aforismos (17) que “ninguna enfermedad cura sin crisis” (Aforismo 333).

Mesmer obtuvo un éxito sensacional en el tratamiento de Franziska Oesterlin, una joven que sufría trastornos diversos, incluyendo desmayos, estados de melancolía, retenciones de orina, parálisis transitorias y crisis convulsivas. Pronto comenzaron a afluir los pacientes, y la fama de Mesmer a resonar. El público de Viena lo quería mucho y tenía una fe enorme en él. Mesmer reconoció la importancia de esta fe como una condición esencial para que el desconocido “fluido” pasase al paciente.

Pero fueron precisamente sus éxitos los que trajeron su desgracia. Los colegas de Mesmer lanzaron un ataque contra su procedimiento tan heterodoxo. El golpe de gracia sobrevino cuando Mesmer trató en 1777 a la joven María Teresa Paradis, una talentosa pianista ciega, muy conocida en Viena, hija del secretario del Emperador y ahijada de la Emperatriz María Teresa, quien le había otorgado una pensión. Esta joven había perdido la vista a los cuatro años de edad, y había sido tratada infructuosamente durante 10 años por el mejor oculista de Europa: El Dr. Von Störk.

Bajo la asistencia de Mesmer, María Teresa Paradis recuperó la vista, lo cual distrajo su atención de la música. Los padres asustados ante la posibilidad de perder la pensión, ocasionaron una escena violentamente emotiva, insistiendo e retirar a la paciente de los cuidados de Mesmer, tras lo cual la ceguera volvió a producirse.

El Dr. Von Störk aprovechó la circunstancia para humillar a Mesmer, quien en 1788 decidió abandonar Viena y establecerse en Paris.

En París, Mesmer quiso precaverse de la oposición de los demás médicos, y solicitó a la Academia de Ciencias y a la real Sociedad de Medicina que pusieran a prueba sus métodos. Pero no hubo avenencia, porque no se pudieron poner de acuerdo con respecto a las pruebas prácticas a que debía ser sometido el procedimiento.

El público empezó muy pronto a agolparse ante la clínica de Mesmer y el número de pacientes se hizo muy superior al que Mesmer hubiera podido atender en forma individual. Para no rechazar a los enfermos, Mesmer ideó una aparatosa técnica de asistencia colectiva, que concordaba con su teoría del magnetismo animal, y a la vez se prestaba admirablemente, en todos sus detalles, para estimular una reacción emocional- hecho fundamental para la curación por mecanismos psicógenos.

Los enfermos eran conducidos a un gran recinto, oscuro y silencioso, con pesados cortinajes y espejos que reflejaban débiles luces. En el centro del salón había una gran cubeta que contenía botellas de agua, cerradas y “magnetizadas”, del fondo de las cuales emergían barras o varillas de hierro dulce.

En un silencio sepulcral, los enfermos permanecían sentados, sosteniendo est6as varillas, o tocando las puntas de los dedos del vecino, a modo de una cadena magnética. De pronto se sentía a lo lejos un música muy suave, siendo a veces el propio Mesmer quien tocaba el armonio.

En el largo período de espera, siempre había alguien que emitía un grito o tenía una convulsión, lo cual se comprendía como una “crisis” curativa. Tarde o temprano, otros seguían su ejemplo. Cuando la expectativa iba acercándose a su culminación, aparecía la imponente figura de Mesmer, vestido con un largo manto lila y llevando una varita de hierro, con la cual tocaba suavemente a los más reacios. Al contacto de la varilla de Mesmer, los pacientes empezaban a sudar, suspirar, gritar o gemir, entrando algunos de ellos en agitación o convulsiones, y quedando otros en una inmovilidad cataléptica.

Frecuentemente la exaltación emocional colectiva conducía a las extraordinarias escenas que Deleuze (18) describe en los siguientes términos: “De todos lados estallaban explosiones de risa sardónica, gemidos lastimeros y torrentes de lágrimas. Los sujetos eran arrojados hacia atrás en sacudidas espasmódicas, las respiraciones sonaban como estertores de muerte y se manifestaban síntomas terribles. Súbitamente los actores de estas raras escenas se dirigían frenética o extasiadamente los unos hacia los otros, ya regocijándose y abrazándose, ya alejando de sí a sus vecinos con horror”.

El entusiasmo por estos procedimientos se hizo enorme. Cuando Lafayette regresó de Europa a Estados Unidos, comunicó a Washington: “Traigo a América, además de los armamentos, el regalo más preciados de Europa: el Mesmerismo, esa munición extraordinaria contra la enfermedad y el dolor”.

Se ha dicho que toda Francia sufrió una “mesmeromanía”.

Los adeptos fundaron una sociedad rotulada “Orden de la Armonía” que exigía que los magnetizadores fueran depurados en ceremonias de iniciación. A la vez, varios aventureros e impostores, como el Conde de Saint Germain y el Conde Cagliostro, hicieron una mezcla de magnetismo animal y de magia que contribuyó ulteriormente al descrédito de la doctrina mesmérica.

En tales circunstancias, la Academia Francesa de medicina y Ciencias no podía seguir ignorando a Mesmer. En 1784 ésta nombró una comisión especial para que investigase las afirmaciones del creador de la doctrina del magnetismo animal. Esta comisión incluyó personajes tan célebres como Benjamín Franklin, inventor del pararrayos, el gran químico Antoine Lorenzo Lavoisier, el astrónomo Bailly, el botánico Jussieu, y José Ignacio Guillotin, quien recomendó el empleo de la máquina que luego llevó su nombre

El punto principal que debatió esta comisión concernía a la existencia o inexistencia del fluido magnético.

Mesmer y su discípulo Deslon fueron invitados a presentar pruebas a este respecto. En una de estas pruebas, Deslon magnetizó a un determinado árbol y llamó a u joven “sensible al fluido magnético” quien, de acuerdo a la teoría, debería experimentar una convulsión en el momento de abrazar ese árbol. Pero el sujeto manifestó fenómenos psicosomáticos de sudación y dolor de cabeza al acercarse a los primeros tres árboles y entró en convulsiones mientras todavía se hallaba a unos nueve metros del árbol magnetizado.

La Comisión concluyó que “la imaginación sin magnetismo produce convulsiones y el magnetismo sin imaginación no produce nada”. El veredicto fue que “nada prueba la existencia del fluido magnético animal; que este fluido inexistente es, por lo tanto, inútil”.

Pero esta comisión no negó de modo alguno “la existencia de una fuerza que actúa sobre el hombre...y que está latente en el magnetizador”. Le faltó, sin embargo, dar un importantísimo paso: plantear el problema de la naturaleza de esta peculiar relación Inter.-personal que “exalta la imaginación” y da lugar a innegables manifestaciones psicofisiológicas.

De hecho, el problema que se planteó- y se resolvió- se refería a hechos físicos. No se planteaba el análisis de los factores psicológicos que entraban en juego en la aplicación de los procedimientos mesméricos.

El informe de esta comisión desacreditó oficialmente a Mesmer y lo dejó marcado como un charlatán. A continuación, Mesmer abandonó París, viajó por Inglaterra, Italia y Alemania y, finalmente, se estableció e Suiza, donde atendió a los pobres, enseñó a quienes estaban interesados en aprender sus técnicas y se dedicó a la música, hasta su muerte el 5 de marzo de 1815.

Pese a que la posteridad ha sido dura con Mesmer, el significado de su contribución al hipnotismo contemporáneo está muy bien expresado en sus propias palabras que figuran en sus memorias: ”Será siempre suficiente para mi fama que yo haya sido capaz de abrir un vasto campo de investigación a la especulación de la ciencia, que haya logrado, por así decirlo, trazar el lecho de esta nueva vía”.

Charles d´Eslon, uno de los pocos médicos que continuaron apoyando a Mesmer, hizo la siguiente importante observación: “Si Mesmer no tenía otro secreto que la habilidad para lograr que la imaginación ejerza influencia sobre la salud, ¿no bastaría eso sólo para hacer de él un médico maravilloso?”

Opina Stefan Zweig, (19) que Mesmer hizo mucho más que abrir simplemente un nuevo camino, que fue un Colón que descubrió un nuevo continente para la ciencia: un continente con infinitos archipiélagos y tierras vírgenes para ser explorado en un largo plazo de tiempo: la psicoterapia.

Ya en 1823, a los ocho años de la muerte de Mesmer, una segunda comisión de la Academia Francesa afirmó que: “la investigación acerca del magnetismo animal debía ser estimulada, dado que constituye una rama interesante de la psicología”.

Los discípulos de Mesmer continuaron trabajando en Francia y Alemania. En los últimos años de la vida del maestro habían ido a estudiar con él numerosos médicos de Austria, Suecia y Rusia, como también el entonces famoso médico Wolfart, enviado especialmente por el rey de Prusia. Estos discípulos crearon el término”mesmerismo” para designar lo que se había conocido como “magnetismo animal”.

En 1813, Deleuze publicó su voluminosa “Historia Crítica del Magnetismo Animal” con una exposición detallada y prudente de las doctrinas y métodos de Mesmer.

Un aporte revolucionario al mesmerismo fue hecho en Francia por el Marqués de Puységur, quien no era médico sino un entusiasta magnetizador.

Experimentando con un joven campesino, Víctor Race, quien nunca había oído hablar de “crisis” curativas, Puységur tuvo la sorpresa de encontrar que este muchacho no reaccionaba a la “magnetización” con agitación y convulsiones, sino entraba en un sueño tranquilo y agradable entre las manos del “magnetizador”, con fantasías placenteras de sosiego y bienestar.

Pero no se trataba del sueño ordinario, pues se podía lograr que el sujeto en ese estado hablase, caminase y obedeciese órdenes. Puységur reconoció que había logrado producir un estado afín al sonambulismo espontáneo. Esto significaba haber hallado una llave para el misterioso “lado nocturno de la naturaleza” que los filósofos habían estado contemplando con curiosidad y temor.

Dado que la experiencia de este estado dejaba al sujeto plácido y contento y fue seguida por una neta mejoría de los dolores torácicos que habían motivado el tratamiento, podemos decir que este caso memorable fue el precursor no reconocido de los procedimientos modernos de psicoterapia mediante la sola inducción de un estado hipnótico de modalidad estabilizadora (con matices de tranquilidad, serenidad, etc.)

Pero lo que más interesó a Puységur fue otro hecho. Se tuvo las impresión de que el sujeto, una aldeano sencillo y rudo, hablaba un lenguaje más refinado en el estado sonambúlico que en su estado normal.

Esto dio lugar a la tendencia a conectar el estado hipnótico con la adquisición de facultades parasicológicas.

El hecho en sí exaltó poderosamente las fantasías y dio lugar a las más disparatadas suposiciones acerca de las milagrosas posibilidades que podrían existir e el estado hipnótico. Entre otras cosas, se dijo que, bajo este estado, un analfabeto podía adquirir la capacidad de hablar lenguas totalmente desconocidas para él, que se podía llegar a predecir acontecimientos futuros, que se adquiría la vista del interior del cuerpo, y que se lograba la comunicación con los espíritus. Aparecieron los “mediums” profesionales, cuyas afirmaciones infundadas repugnaban a los científicos.

Otro personaje original de la misma época que ha dejado profundas huellas en la historia del hipnotismo fue un monje portugués, el Abate Faría. El gran neurocirujano portugués, Prof. Dr. Egas Moniz, ha reunido recientemente sus datos bibliográficos, procurando separar la verdad de las múltiples leyendas (20).

José Custodio de Faría nació en Candolim, una aldea de la India portuguesa. Pese a que se suele afirmar que residió largo tiempo en la India y el Lejano Oriente, donde conquistó el título de Brahmín y aprendió a inducir estados sonambulísticos con fines curativos, se ha demostrado que, habiendo salido de la India portuguesa a los quince años de edad, nunca más dejó Europa.

Ostentaba numerosos títulos que figuran en el frente de su libro “De la cause du sommeil lucide ou étude de la natur de l´homme”. Estos eran: Brahmín, Doctor en Teología y Filosofía, Miembro de la Sociedad Médica de Marsella, ex profesor de la Universidad de Francia, etc. Parece probable que tales títulos eran legítimos.

Aparentemente, fue un ferviente discípulo del marqués de Puységur, a quien dedicó su el libro con los siguientes términos: “Os es debido de mi parte, con tanta mayor justicia, que reconozco en vuestros sabios pareceres y en vuestras bondadosas instrucciones el germen de mis meditaciones y la perseverancia de mis esfuerzos”.

Faría tiene el extraordinario mérito de haber defendido por primera vez la doctrina que el sueño hipnótico no resulta de ningún fluido o fuerza especial emitidos por los magnetizadores, sino de las propias susceptibilidades de las personas sobre quien se obra.

Al comentar, en el libro arriba mencionado, las llamadas “crisis salutarias” de los pacientes de Mesmer, afirmó que estas crisis no resultaban de modo alguno de un “magnetismo animal” sino del temor pánico que se apoderaba de dichas personas. Esto ya infiere que la hipnosis no es otra cosa que una reacción emocional intensa.

Además destacó que no hay diferencias esenciales entre el sueño lúcido o sonambulismo provocado y el sueño natural. Consta en su libro el siguiente notable párrafo:

“Yo no puedo concebir cómo la especie humana fue lo bastante extraña como para ir a buscar la causa de este fenómeno en una tina, en una voluntad externa, en un fluido magnético, en el calor animal y en mil otras extravagancias ridículas del género, mientras que esta especie de sueño es común a toda la naturaleza humana y a todos los individuos que se levantan, que caminan y que hablan estando dormidos”. Agregó que el sueño tiene distintos matices y distintos grados, concibiendo el grado más profundo como el “sueño lúcido”.

Destacó la importancia de la predisposición del individuo para la entrada en sueño lúcido, admitiendo a la vez que la licuidad de la sangre aumenta esta predisposición, pues observó que algunas personas que no habían podido lograr ese peculiar estado, entraban en él fácilmente después de una sangría.

Finalmente, determinó que la causa del sonambulismo reside en el propio sujeto y no en el magnetizador. Dice “es una verdad demostrada por mí que no hacen epoptas (es decir, hipnotizables) a los que no lo son naturalmente; no se busca más que desarrollar a los que ya lo son, todas las veces que se prestan de buena fe”.

Muchas de las conclusiones geniales del Abate Faría habían de ser imperecederas, siendo “redescubiertas” varias veces por los hipnólogos modernos.

Otras figuras que se destacaron en el terreno del mesmerismo en Francia fueron Du Potet, quien atribuyó las manifestaciones del mesmerismo simultáneamente a un fluido y al alma, y La Fontaine, sobrino del afamado fabulista, quien hizo una extensa gira de conferencias por Europa, difundiendo la teoría del Magnetismo Animal.

En Alemania, el mesmerismo fue particularmente bien recibido. Se crearon cátedras para la enseñanza de la doctrina del magnetismo animal, y la Academia de Ciencias se interesó por las publicaciones sobre este tema. Entre los trabajos científicos de mayor interés figuran los de Karl Christian Wolfart, profesor de Magnetismo de la Academia de Berlín, Johann Caspar Lavater, discípulo del Marqués de Puységur, y Arnold Weinholt, quien publicó 50 casos tratados exitosamente con magnetismo, presentando una disertación seria acerca de las indicaciones y limitaciones de esta forma de tratamiento.

Por otra parte, los filósofos alemanes Fichte, Hegel y Schellig manifestaron vivo interés por la doctrina magnética.

El mesmerismo llegó a Inglaterra sólo después de la muerte de Mesmer, en los alrededores del año 1820, y muy pronto, dos hombres de ese país se destacaron en la historia del hipnotismo: John Elliotson y James Braid.

Elliotson es recordado por su brillantez y gran prestigio, y su enorme entusiasmo por el “magnetismo”. El se adhería firmemente al concepto mesmeriano de que el magnetismo animal era una fuerza física emanada de la persona del magnetizador, que podía ser acumulada en un cuerpo metálico. De acuerdo con estas ideas, su procedimiento para entrar a un sujeto en estado mesmérico consistía en darle a tocar una moneda de níquel “magnetizada”. Consta en la historia, que en una de las demostraciones de Elliotson, el redactor del conocido periódico científico “The Lancet” sustituyó disimuladamente la moneda de níquel “magnetizada” por un simple pedazo de plomo. El sujeto entró en estado mesmérico al tocar el plomo, por lo cual se inculpó a Elliotson de fraude en sus demostraciones.

Elliotson y sus colaboradores se entusiasmaron muy especialmente con el empleo del mesmerismo para hacer indoloras las intervenciones quirúrgicas, publicando sus trabajos e la revista “Zoist” que apareció entre 1843 y 1855. Esta revista contenía principalmente historias de casos médicos y quirúrgicos tratados exitosamente con mesmerismo, entreveradas con observaciones e hipótesis en el campo de lo parapsicológico.

Se tiene información de que ya en 1829, el cirujano francés Jules Cloquet había efectuado una extirpación de seno bajo un sueño mesmérico.

En 1842, el cirujano inglés Ward hizo la primera amputación de muslo bajo anestesia mesmérica. Llevó el caso a la real Sociedad de medicina y Cirugía de Inglaterra, pero ésta recibió su comunicación con incredulidad y hostilidad, llegándose a proponer que ni siquiera se debía dar entrada en las Actas de la Sociedad a la lectura de tal trabajo ¡para no manchar la seriedad y el prestigio de dicha organización!

Entre tanto, un joven cirujano escocés, James Esdaile, quien trabajaba en la India para la British East India Company, se dedicó a operar en gran escala bajo el estado mesmérico, (22) contribuyendo con regularidad a la revista “Zoist” co informes acerca de su labor. En los años 1845-1851 hizo varios miles de operaciones menores y más de 300 operaciones de cirugía mayor bajo este estado, sin que los pacientes sufriesen.

Esdaile inducía el estado hipnótico sin sugestión verbal alguna. Su procedimiento consistía principalmente en proporcionar estímulos táctiles a modo de pases rítmicos, y en soplar suavemente sobre la cara del paciente. Cuando se tardaba en lograr un estado hipnótico lo suficientemente profundo para los fines de la analgesia, intervenían dos o más operadores, quienes se turnaban cada 15 minutos.

Es digno de hacer notar que las operaciones mayores realizadas por Esdaile bajo anestesia mesmérica tuvieron un 5 % de mortalidad. Esta cifra resulta asombrosamente baja para una época en que se carecía de plasma, de buenos antisépticos y de instrumental quirúrgico perfeccionado. Este hecho está a favor de la suposición de que el estado hipnótico de tipo positivo favorece de por sí una movilización más eficaz de los recursos naturales de adaptación y de recuperación del paciente.

Pese al enorme interés de su labor, también Esdaile encontró una violenta oposición de sus colegas, lo cual lo obligó a dejar su hospital y volver a Inglaterra, donde fue centro de grandes controversias. En el curso de éstas, sus opositores llegaron a decir que la abolición del dolor era un sacrilegio, o que los pacientes que no habían dado señal alguna de sufrimiento mientras se les operaba, eran simplemente personas enseñadas a fingir que no sentían dolor.

Estas discusiones cesaron cuando se descubrió la anestesia por el éter que hizo fortuna por la rapidez y facilidad de sus aplicación, a pesar de no carecer de algunos riesgos importantes, inexistentes en la más lenta y laboriosa anestesia hipnótica.

3. Desde Braid hasta el período de decadencia del hipnotismo
Otro nombre destacado es el de james Braid, quien creó el término “hipnotismo”, tomado de la palabra griega “hypnos”, que significa sueño.

Braid (1795-1864) había trabajado como cirujano en las minas de Lancashire, y luego como oculista y médico general de Manchester, contribuyendo a las revistas médicas más importantes de su tiempo.

En 1841 tuvo la curiosidad de asistir a una de las demostraciones públicas de “magnetismo” hechas en su ciudad por el freno-magnetizador La Fontaine, quien había llegado precedido por una fama extendida a toda Europa.

Braid pensó primeramente que se trataría de un impostor, y fue con el propósito bien definido de desenmascararlo, pero tuvo la sorpresa de encontrar que este hombre tenía algo que él desconocía. Honestamente, admitió que ese algo o podía ser descartado de entrada, sino que debía ser sometido a estudio.

A continuación, Braid empezó a experimentar sobre sus familiares, su servidumbre y sus amigos, y pronto aprendió a inducir el estado mesmérico. Pero no se conformó con la hipótesis magnética que se ofrecía para la explicación de los hechos, sino que al igual que el Abate Faría, comprendió desde un principio que era el propio sujeto quien desarrollaba el estado mesmérico en sí mismo.

Lo que más interesó a Braid fue que los magnetizados de la Fontaine no podían abrir sus párpados. Pensó que la simple fatiga de los ojos podría ser el elemento desencadenante del proceso neurofisiológico que da lugar a la hipnosis.

Aplicando un procedimiento de fijación ocular en que se exigía categóricamente del sujeto un considerable esfuerzo de ojos y párpados, Braid vio que, al cabo de un tiempo, las pupilas del sujeto se contraían y luego se dilataban, y finalmente, los párpados vibraban y tendían a cerrarse.

A continuación, los miembros del hipnotizado tenían tendencia a permanecer en cualquier posición en que se les colocaba. A la vez, sobrevenía una cierta exaltación de las actividades sensoriales, de la resistencia muscular y de algunas facultades mentales, seguida luego de una depresión, conducente a un torpor profundo. Como es natural, no todos los sujetos reaccionaban de igual manera; algunos no pasaban de un ligero adormecimiento, mientras que otros alcanzaban un coma profundo.

La presencia concomitante de una dilatación pupilar, una aceleración del pulso, etc., como también el hecho de que los pacientes de Braid salían del estado hipnótico con ciertos trastornos, como cansancio general, dolores de cabeza, espasmos de acomodación, vértigos, etc. , indican que Braid efectuaba una inducción hipnótica mediante la estimulación de reacciones emocionales de modalidad alteradora.

Pronto Braid hubo de rectificar sus convicciones iniciales, pues encontró que la fijación de la mirada no era suficiente de por sí para la inducción hipnótica, dado que fracasaba frecuentemente cuado no intervenía un factor psíquico de expectación del “sueño” una disposición del sujeto para concentrarse en lograrlo.

También se vio precisado a reconocer que hay diferencias indiscutibles entre el estado hipnótico y el sueño ordinario, pues la experiencia le demostró que muchos de los fenómenos más espectaculares del estado hipnótico, tales como la analgesia y la catalepsia, podían ser obtenidos en sujetos que conservaban los ojos abiertos y la apariencia de estar despiertos.

Estos hechos condujeron a Braid a admitir la importancia del monoideísmo, tanto en el proceso de inducción hipnótica como en el logro de los fenómenos. Hizo ver que el simple hecho de colocar al sujeto en una determinada actitud despertaba en éste ciertas ideas o ciertos sentimientos. Por ejemplo, al juntar las manos en actitud de rezar, se desencadenaba un estado psíquico de devoción, al cerrar el puño, una reacción de ira, etc. Tal eras la sugestión “por el gesto”.

Braid utilizó la sugestión para la precipitación de ciertos fenómenos de comportamiento, pero tiene el mérito de haber puesto en claro que la sugestión es un mero desencadenante de los fenómenos hipnóticos y no la explicación total de los mismos.

Además tuvo el acierto de afirmar que el hipnotismo de ninguna manera debía ser considerado como una panacea, pues “quien habla de un remedio universal debe ser un tonto o un embaucador”,(22)

Tuvieron que pasar muchas décadas hasta que los notables conclusiones de Braid pudieran ser debidamente apreciadas.
Entre tanto, en Francia, el magnetismo animal se iba depurando gradualmente de los oropeles con que lo habían revestido Mesmer y sus seguidores. Aparecieron algunos trabajos serios sobre este tema, como los de Valpeau, Guerineau, Azam, Demarquay, Giraud-Teutlon, y otros.

Pero, simultáneamente, había muchos que recurrían a prácticas extravagantes, prometían resultados fantásticos, o confundían el mesmerismo con las demostraciones de poderes ocultos, todo lo cual contribuía al descrédito del mesmerismo.

El libro fundamental de Braid, “Neurypnology or the Rationale of Nervous Sleep”, publicado en 1843, (23) fue ignorado por un tiempo en ese país, pero luego llegó a ejercer muy considerable influencia, principalmente por haber impresionado profundamente al Dr. Azam, de Burdeos, de quien fue seguidor el médico e campaña, Ambroise Auguste Liébault (1823-1904) quien llegó a ser una de las figuras más renombradas en la historia del hipnotismo.

En 1864, Liébault comenzó a practicar el hipnotismo terapéutico en la ciudad de Nancy y, en el curso de cerca de veinte años, acumuló una considerable experiencia en este campo de acción. En 1884, el eminente Profesor de Medicina de Estraburgo. Hipólito Berheim (1837-1919), convencido de la veracidad de las curas que Liébault había logrado en algunos enfermos mediante el hipnotismo, no vaciló en admitir que, a pesar de su fama, él podía aprender algo de aquel médico rural. El encuentro de Liébault y Bernheim condujo a la fundación de la escuela de Nancy.

Esta escuela siguió muchas veces las directivas trazadas por el Abate Faría, particularmente en lo que se refiere al concepto de que el estado hipnótico es logrado por el propio sujeto.

Tiene el especialísimo mérito de haber dado origen a un procedimiento de inducción hipnótica (para fines terapéuticos) basado en el empleo de estímulos suaves y tranquilizadores, desencadenando lo que hoy llamamos una reacción emocional “estabilizadora”.
Inicialmente, Liébault definió el estado hipnótico como un estado que “...se obtiene mediante la sugestión verbal, sin maniobras, y no es otra cosa que un sueño provocado, caracterizado sobre todo por la sugestionabilidad que puede ser utilizada con un fin terapéutico”.

Más adelante, Bernheim (24) hizo una fundamentalísima rectificación, diciendo: “La observación de los hechos y la reflexión me han llevado a modificar mi concepción que había sido la de Liébault. La sugestionabilidad creada en el sueño provocado no es proporcional a su profundidad; es lo contrario que me parece verdad”...

Lo que es más, dicho autor destacó que “el sueño provocado (hipnótico) no tiene propiedades particulares, o siendo más que el sueño normal más o menos profundo...la sugestionabilidad existe en el estado de vigilia...los fenómenos llamados hipnóticos pueden ser provocados en este estado”...

Bernheim descartó por completo el arraigado concepto de la dominación del hipnotizado por el hipnotizador, al haber puesto en claro los siguientes puntos:
1) Estar sugestionado no significa de modo alguno estar automatizado.
2) La sugestión está lejos de ser irresistible.
3) Los sujetos eminentemente sugestionables no son la regla, pues la mayoría solamente tienen una sugestionabilidad limitada a ciertos dominios, obedeciendo a algunas sugestiones y no a otras.
4) Cada sujeto cumple el acto sugerido a su manera, según sus aptitudes.
5) Las personas normales son más fáciles de hipnotizar que las nerviosas o histéricas.

La escuela de Nancy aplicó el hipnotismo en gran escala con fines terapéuticos. Por su clínica pasaron alrededor de 10.000 enfermos en los primeros 6 años de su existencia, documentándose cuidadosamente sus historias. Al lado de numerosos éxitos terapéuticos hubo también muchísimos fracasos, perfectamente explicables por las deficiencias del procedimiento terapéutico que hacía hincapié en las sugestiones directas destinadas a eliminar síntomas.

Entre los más célebres seguidores de la Escuela de Nancy figuran Beaunis, autor de “El Sonambulismo Provocado” y Liegeois, Profesor de la Facultad de Derecho, quien se ocupó de la relación del hipnotismo con el derecho civil y criminal.

Mientras se estaba realizando todo este trabajo en la Escuela de Nancy, otra muy conocida escuela: de la Salpetriere, dirigida por Jean Martín Charcot (1825-1893) encaraba el hipnotismo de un modo radicalmente diferente.

Charcot y sus discípulos sostenían el principio básico de que el estado hipnótico puede ser inducido sin sugestión alguna. En el transcurso de sus inducciones hipnóticas, procuraban por lo general evitar toda conversación con sus pacientes con el expreso fin de no darles sugestiones inadvertidamente. A veces hasta llegaban a no hablar en absoluto.

Sus métodos de inducción hipnótica eran variados. Con frecuencia empleaban estímulos violentos, como el ruido inesperado de un gong, el fogonazo de una explosión de pólvora de algodón, o el acercamiento de amoníaco a la nariz del sujeto, los cuales, obviamente, desencadenaban una reacción emocional alteradora. Otras veces, se hacía que el sujeto fijase su mirada sobre un objeto colocado en el campo visual normal (sin obligarlo a forzar la vista como sucedía e el procedimiento de Braid, o se empleaban estímulos monótonos tales como el sonido rítmico de una campana o el zumbido de un motor próximo al oído del sujeto. También se efectuaba la estimulación táctil de diversas zonas de la piel, consideradas zonas hipnógenas.

Con estos diversos métodos, y sin sugestión directa alguna, se alcanzaban fenómenos hipnóticos tan evidentes como la catalepsia y la analgesia

Lo sorprendente era que la escuela de Charcot se desinteresaba por los factores psicológicos. Charcot creía en la “metaloterapia” propuesta por Burcq, y no desdeñaba la utilización de imanes para la inducción hipnótica.

Hubo una larga y famosa controversia entre la Escuela de Nancy y la Escuela de Salpetriere, que tenía por tema fundamental: “El estado hipnótico ¿resulta de la sugestión psicológica o de una acción física?“ A Charcot le interesaban las manifestaciones somáticas del estado hipnótico; a la Escuela de Nancy, las características psicológicas de dicho estado. Tal controversia se prolongó durante diez años, hasta la muerte de Charcot, acaecida en 1893.

Otro interesante personaje de ese período de auge del hipnotismo, fue un farmacéutico de Nancy, Emile Coué, cuya fama ha quedado ligada al empleo de la autosugestión con fines terapéuticos.

Pero Coué descubrió algo mucho más fundamental que la autosugestión en sí: la importancia de la postura cómoda y de la relajación muscular para la entrada en ese peculiar estado en el que las sugestiones resultan eficaces (25). Ese peculiar estado es precisamente lo que hoy comprendemos por reacción emocional de modalidad estabilizadora, o estado hipnótico positivo.

4. Período de decadencia del hipnotismo

No deja de causar asombro el hecho histórico de que el hipnotismo, después de haber recibido su consagración oficial con los trabajos de Braid, Bernheim, Charcot y otros, haya sufrido rápidamente una brutal decadencia.

Este hecho o ha de ser atribuido (como se suele decir) al entusiasmo desmedido de prácticos ignorantes. Al contrario, los responsables del descrédito del hipnotismo fueron las mismas grandes autoridades que habían logrado su consagración.

Liébault, Bernheim y sus seguidores merecieron el respeto general por su extensísima práctica clínica. Pero de ellos partió la gravísima equivocación de haber esperado demasiado de las posibilidades terapéuticas de la sugestión directa, eliminadora de síntomas. La creencia de que la sugestión directa podría ser la panacea de las panaceas evidentemente sólo pudo ser seguida de un profundo desencanto.

Charcot, en cambio, no tenía práctica alguna con el hipnotismo. Según la biografía del Prof. Guillain (26) “...él nunca hipnotizó personalmente a un paciente, nunca supervisó una sesión, y por consiguiente, no estaba en una posición para evaluar el procedimiento”.
Pero Jean Martín Charcot, Profesor de la prestigiosa clínica de Salpetriere, tenía una inmensa autoridad académica. Aún hoy se le reconoce como fundador de la neurología francesa, por sus descripciones de nuevas enfermedades del sistema nervioso, particularmente de la esclerosis lateral amiotrófica que lleva su nombre, por su original concepción de la histeria, y por muchos otros trabajos.

El error fundamental de Charcot consistió en haber querido extraer leyes y generalizaciones aplicables a la totalidad de las personas normales, de unas pocas observaciones sobre mujeres histéricas, hipnotizadas por sus colaboradores en el ambiente colectivo de su clínica, donde bien se conocía el comportamiento que se esperaba hallar en los hipnotizados.

Basándose en este limitadísimo material que, por cierto estaba lejos de ser representativo de la generalidad de las personas, Charcot supuso, que solamente los histéricos podían ser hipnotizados. Afirmó que el hipnotismo no era otra cosa que un síntoma de la histero-epilepsia, es decir, un hecho patológico. En otras palabras, el estado hipnótico y la histeria fueron considerados idénticos.

Fue precisamente la celebridad de Charcot lo que magnificó las consecuencias de su comprensión errónea del hipnotismo. Como dice Alexis Carrel (27) “...cuanto más eminente es un especialista, más peligroso es...Es así como grandes hombres, que han contribuido asl progreso humano en uno de sus sectores, hablando de cosas que no comprenden bien, lo retrasan e otros”.

Es un hecho corriente en la historia que las afirmaciones de las grandes autoridades hayan sido tomadas como dogmas y que dichos dogmas hayan obstaculizado el progreso de la ciencia.

Con respecto al caso particular de Charcot, dice Maguín, (28): “Con dificultad se le puede perdonar, pues su error aun hoy ensombrece todo lo que se refiere al magnetismo”.

Merece citarse, como consecuencia de la presunción infundada de Charcot, la siguiente declaración de uno de sus seguidores: Liebermeister, Profesor de la Universidad de Tubingen: “Es más fácil hacer histéricos a los sanos por la aplicación del hipnotismo, que sanar a los histéricos” (29).

Así surgió la noción de que el hipnotismo es peligroso.
Otras grandes autoridades científicas, responsables de la decadencia del hipnotismo, fueron Pierre Janet e Ivan P. Pavlov.

Pierre Janet (1857-1947), Profesor y Director del laboratorio psicológico de la Salpetriere, fue un colaborador cercano de Charcot, y continuó desarrollando sus ideas referentes a la naturaleza del estado hipnótico.

Identificando siempre el hipnotismo con la histeria, Janet aplicó a ambos su propia teoría de la disociación de la personalidad. Declaró que los histéricos están predispuestos a sufrir una fragmentación espontánea de su vida mental, mediante la cual ciertas ideas y ciertos recuerdos logran desprenderse de la personalidad del individuo y funcionar en forma automática, independientemente de su conciencia y su voluntad (30).

El hipnotismo correspondería, según Janet, a una disociación de la personalidad, de esa misma índole, pero con la particularidad de ser lograda artificialmente. Así, la persona hipnotizada se convertía en un autómata inconsciente, dominado por la voluntad más poderosa del operador.

Estas suposiciones falsas captaron la imaginación de escritores de novelas policiales, historietas, libretos de cine, etc., dándoles tema para narraciones ficticias truculentas con figuración de personajes dotados de poderes sobrenaturales para dominar sobre otras personas. Tales disparatadas invenciones fueron aceptadas con asombrosa credulidad, y muy pronto se difundieron temores absurdos relacionados con la supuesta “dominación hipnótica”, la posibilidad de que el hipnotismo haga “perder el control sobre uno mismo”, que se “debilite la voluntad”, etc., etc.

Es interesaste señalar que estos mismos temores están expresados en los escritos del célebre filósofo de la India, Swami Vivekananda (31), quien declara que la psicología y la religión hindúes son decididamente contrarias al hipnotismo (pese a que la práctica del Yoga no es otra cosa que el logro de estados autohipóticos relativamente profundos), por considerar que el estado hipnótico es una condición morbosas, en la cual el hipnotizador, mediante el poder dominador de su voluntad más fuerte, arrastra al sujeto, subordinando la mente de éste y terminando por privarlo prácticamente de alma.

En lo referente a tales supuestos peligros del hipnotismo, el ofuscamiento colectivo se hizo tan marcado, que impidió que se prestara atención a las declaraciones sensatas de investigadores científicos como el propio Bernheim y un gran número de estudiosos del presente siglo, quienes procuraban hacer comprender que la realidad clínica y experimental del hipnotismo no concuerda con los fundamentos de la teoría de la dominación. Estos autores clamaban con sobrada razón-pero sin perder oídos- que el hipnotizado, lejos de comportarse como un autómata, es una persona capaz de razonar, de resolver problemas complejos, de improvisar detalles, de apartarse de la línea de acción propuesta por el hipnotizador y aún de negarse a cumplir las órdenes de éste, cuando tales órdenes contrarían sus propias tendencias o convicciones previas, demostrando claramente que conserva su “razonamiento” y su “voluntad” (32).

Las bibliotecas del mudo aún continúa llenas de libros que se limitan a transcribir las ideas equivocadas que surgieron de los conceptos de Charcot y Pierre Janet y que fueron divulgadas por aquellos continuadores que tomaron las doctrinas de sus maestros como hechos intangibles, que no requerían ser comprobados, sino solamente repetidos y difundidos.

Aun en la actualidad son muchas las personas, tanto en los ambientes de intelectuales como entre el público en general, que han obtenido sus conocimientos y formado sus opiniones en base al material recogido de tales fuentes.

Hasta en las revistas de medicina general o de especialización psiquiátrica del día de hoy suelen encontrarse declaraciones absurdas acerca del hipnotismo, fundadas en la creencia en la dominación del hipnotizador sobre el hipnotizado, recordatoria de los tiempos medioevales post-mesmerianos, cuando se creía en brujerías y en la magia. Ellas constituyen resabios del período de decadencia del hipnotismo que han llegado hasta el día de hoy.

Otra poderosa influencia nefasta para el desarrollo del hipnotismo científico provino del célebre fisiólogo ruso, Ivan P. Pavlov (1849-1936).

Pavlov se limitó a recoger algunas de las ideas erróneas acerca del hipnotismo que se difundían en su tiempo y, sin detenerse a comprobarlas, procuró encontrarles una explicación “fisiológica” de acuerdo a su propia teoría sobre los mecanismos de la “actividad nerviosa superior”.

Estas deas concernían principalmente: 1) la importancia de la sugestión en el estado hipnótico; 2) la suposición de que la sugestión es tato más eficaz cuando más profundo es el estado hipnótico; 3) la interpretación del estado hipnótico como un sueño parcial.

Pavlov insistió especialmente sobre “la considerable y casi invencible fuerza de la sugestión durante la hipnosis y después de ella” (33).

Pero cualquier persona que tenga alguna práctica con el hipnotismo, aplicado a pacientes comunes y corrientes de consultorios y no a “mediums” especialmente seleccionados, puede comprobar fácilmente que esto no se ajusta a la realidad.

Como dice acertadamente Kretschmer (34): “La sugestión no desempeña (en la hipnosis) más papel que el que le pertenece en toda terapéutica médica, o dicho más correctamente, en toda relación interhumana importante”.
En cuanto a la relación entre la “sugestionabilidad” y la profundidad hipnótica, la práctica demuestra que la aceptación de sugestiones es máxima en el estado de vigilia o en el estado hipótico liviano. En un estado hipnótico profundo, el sujeto ni siquiera oye las sugestiones del operador. Cabría decir que la sugestionablidad es inversamente proporcional a la profundidad hipnótica.

Finalmente, si es que ha una relación entre el estado hipnótico y el sueño fisiológico que permita describir a la hipnosis como un “suelo parcial”, esto es solamente se puede referir la modalidad “estabilizadora” del estado hipnótico, y nunca a la modalidad “alteradora”, que es completamente diferente del sueño fisiológico.

Está demás decir que, si los hechos que se procura explicar no concuerdan con la realidad, ninguna explicación “materialista” o “idealista”, o “fisiológica”, puede conferirles validez.

Al ser falsas las premisas, se derrumba todo el sistema construido sobre ellas.

Lo penoso es que la teoría de Pavlov llegó a convertirse en dogma para determinados círculos científicos, donde se abandonó todo intento de investigación, procurándose confirmar sobre “mediums” seleccionados , las afirmaciones pavlovianas. En tales círculos, se aceptó a priori una supuesta “peligrosidad” del hipnotismo, considerándose necesario recurrir a leyes para prohibir o restringir la utilización de la hipnosis.

El ejemplo más característico se encuentra en la Unión Soviética, donde la prohibición de la hipnosis es casi total, permitiéndose solamente su utilización e los institutos de investigaciones del Estado. En caso de que un médico quiera emplear la hipnosis en su consultorio, éste debe obtener una autorización especial del gobierno, que le podrá ser otorgada solamente si él es especialista en neuro-psiquiatría, con una formación de, por lo menos, cinco años. Aun sí, la aplicación de la hipnosis debe ser presenciada por una tercera persona (35). ¡A tal extremo llega el temor a la supuesta sugestionabilidad hipnótica!

En la eventualidad de conducirse un parto sin dolor bajo estado hipnótico en la Unión Soviética (36), se requiere que estén presentes simultáneamente el obstetra y un psiquiatra autorizado por el estado para inducir la hipnosis y dar “sugestiones”. Lo mismo s lo que concierne al trabajo odontológico bajo hipnosis.

Nicolaev (35) se lamenta de que, con tales restricciones, la casi totalidad de los médicos se ven privados de una terapéutica útil.

Esto contrasta con el proceder en otros países más desprejuiciados, donde la hipnosis es empleada provechosamente para fines terapéuticos por odontólogos y especialistas en cualquier campo de la medicina.

Actualmente, se están haciendo esfuerzos en la Unión Soviética por abolir las leyes surgidas de una posición dogmática, con lo cual todos los médicos y odontólogos tendrán la posibilidad de valerse de la hipnosis y habrá amplias perspectivas para la investigación en este terreno.
*
También Freud causó una demora en el desarrollo del hipnotismo por haber partido de una noción completamente equivocada a su respecto.

Como indica con sumo acierto Kretschmer (34), Freud sufrió el error fundamental de considerar la sugestión como lo más esencial en la hipnosis, “y así se origió la inextirpable opinión de que la hipnosis sólo servía para aportar al paciente sugestiones de poca monta, encubriendo sus verdaderos conflictos, alcanzando con esto éxitos engañadores, aparentes, y cómodos. ¿Cómo puede descoserse tan completamente la esencia de la hipnosis?”
*
Todas las suposiciones teóricas acerca del hipnotismo hubieron de tener, necesariamente, sus proyecciones prácticas.

Mientras que en los tiempos de mesmer la terapéutica con hipnotismo era concebida como una “transmisión de flujo magnético”, en la época de las teorías de dominación se creía que el terapeuta debía “imponer su voluntad” al enfermo para librarlo de los síntomas que lo aquejaban, haciendo uso de la sugestión directa.

Al creerse que se podía eliminar mediante la sugestión los síntomas de cualquier enfermo, obviamente abundaron los fracasos, con el consiguiente desencanto respecto a las posibilidades terapéuticas del hipnotismo.

Pero estos fracasos eran fracasos de la sugestión directa, resultando de una concepción completamente equivocada del hipnotismo y de una manera inadecuada de aplicarlo con fines terapéuticos.

El concepto del hipnotismo como una “dominación” y los tratamientos por sugestiones directas eliminadoras d síntomas no fueron más que “tanteos a ciegas” efectuados en una época e que había una ignorancia casi total tanto acerca de las características del hipnotismo como acerca de los requisitos dela psicoterapia.

El hipnotismo era un instrumento que no se sabía manejar, como podría no saberse manejar un remedio muy activo, sin que esto descarte las excelentes potencialidades de este remedio.

La época de los primeros tanteos fue seguida por un largo período de estacionamiento en los conocimientos referentes al hipnotismo.
No es que no hayan faltado investigadores interesados en este tema. Lo que sucedió fue que la labor de éstos pasó inadvertida, no solamente para el público en general, sino también para una gran parte del ambiente médico, aun el psiquiátrico.

Mientras estos investigadores procuraban separar las fantasías referentes al hipnotismo de la realidad, indagar la naturaleza del estado hipnótico, o idear y ensayar nuevos procedimientos hipnoterapéuticos, eran muchísimas las personas que continuaban repitiendo (y enseñando) los conceptos erróneos del período de decadencia de la hipnosis.

Sólo en el momento actual está surgiendo una comprensión completamente nueva del hipnotismo, basada sobre nuevos conceptos y plena de nuevas posibilidades prácticas, que concuerda perfectamente con los requisitos de la ciencia.

Hay que destacar que tanto en tiempos pasados como en la actualidad, el desarrollo de la hipnosis científica ha sido conducido en forma predominantemente por personas ajenas a la medicina. Ello es comprensible porque la hipnosis terapéutica no es más que un solo aspecto de la hipnosis en general.

Así, en el período contemporáneo, los Bachilleres LeCron y Bordeaux iniciaron en 1950, en los Estados Unidos de América, un nuevo período de interés por la hipnosis, mediante sus libros y la organización de cursos, continuados hasta el día de hoy, para médicos, odontólogos, y otras personas interesadas en la hipnosis.

No menos destacado ha sido el papel del maestro de escuela primaria, Milton V. Kline (Education Degree), quien fundó en 1951 la primera revista norteamericana dedicada a la hipnosis clínica y experimental: “The Journal of Clinical and Experimental Hipnosis”, siendo además autor de varios libros sobre la materia.
Actualmente, en 1965, Kline es presidente de la sección estadounidense de la “International Society of Clinical and Experimental in Hipnosis”. Tambié constituyen figuras relevantes en el desarrollo de la hipnosis en los Estados Unidos el rabino Samuel Glasner, el Reverendo Alden B. Sears, el Doctor en Física y Matemáticas, André M. Weitzenhoffer, y otros.

Lo mismo puede decirse con respecto al Brasil, donde fuero pioneros de la hipnosis científica contemporánea, desde el año 1955, el psicólogo Karl Weissem, y el conocido hipnólogo Prof. José Ramón Molinero. Por sus cursos pasaron varios centenares de médicos, odontólogos y psicólogos brasileños.

Por otra parte, el Doctor en Leyes, Paulo Paixao, junto con el Hermano Vitricio (Profesor de Colegios Maristas) han desarrollado el interés por la hipnosis mediante varios libros y numerosas conferencias e colegios y universidades. Ellos sostienen un concepto moderno de la hipnosis, afirmando que la hipnosis es una parte integrante de la vida cotidiana, que la sugestión no juega rol especial en la hipnosis, que la hipnosis no tiene peligros, que la plaga de las “macumbas” en Brasil no es más que una hipnosis colectiva, etc. Su labor dio lugar a la fundación de la Asociación Brasileña de Estudios Letárgicos compuesta por personas interesadas por la hipnosis, sin distinción de profesiones. El actual Presidente de dicha Asociación el es el Profesor Alcindo de Brito.

Las primeras sociedades de hipnosis para profesionales en el Brasil no fueron fundadas por médicos sino por odontólogos. Así, en el año 1956, los Doctores en Odontología Alberto L. Barreto y Eurico Da Silva Mattos organizaron la Sociedad Paulista de Hipnosis, la primera en el Brasil y en América del Sur, reuniendo odontólogos, psicólogos y médicos.

Es lamentable que el expresidente del Brasil, Janio Quadros, guiado por motivos puramente políticos, haya tomado en 1960 el ejemplo de la U.R.S.S., prohibiendo la práctica de la hipnosis o la disertación sobre ella a toda persona no médica. Tal legislación expulsó de este campo de acción a pioneros tan notables como Weisseman, Molinero, Paixao, Hermano Vitricio, de Brito, y otros.

Actualmente, Brasil y la U.R.S.S. son los únicos países en el mundo que restringen tan severamente el uso y la enseñanza de la hipnosis. En todos los demás países, la libertad para la práctica, la investigación y las demostraciones de hipnosis no está restringida, salvo en algún que otro detalle- como ser la prohibición, en algunos lugares, de utilizar a menores de edad como sujetos para demostraciones teatrales de hipnosis.

Lo curioso es que la iniciativa que llevó a la prohibición de la hipnosis para personas no médicas en el Brasil provino de una de las sociedades de menor número de miembros: la Sección Brasileña de la “International Society of Clinical and Experimental Hipnosis”, dirigida por el Dr. Moraes Passos, de decididas tendencias reflexológicas y pavlovianas, quien, sin embargo, reconoce la autoridad de los dirigentes no médicos de dicha sociedad en los Estados Unidos: el maestro Kline, el Rabino Glasner, el Bachiller LeCron, el reverendo Sears, el Profesor de Física y Matemáticas Weitenhoffer, y otros.

Al haber varias sociedades de Hipnosis en el Brasil, tales como la Sociedad Brasileña de Hipnosis Clínica y Medicina Psicosomática de Campinas (Presidida por el Prof. Dr. Hené Chaves), la Sociedad Paulista de Hipnotismo (Presidida por el Dr. Alberto L. Barreto), la Asociación de Estudios Letárgicos, y otras ¿cómo es que la decisión oficial se basó en las tendencias de solamente una de estas sociedades, sin tener en cuanta a las demás? Esto pudo haberse debido al desconocimiento absoluto de la naturaleza de la hipnosis o a la influencia de una ideología puesta por encima de la ciencia.

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